Nos fuimos Mundial
Ferro le ganó 2 a 1 a San Telmo, en Caballito, con goles de Lautaro Parisi y Enzo Hoyos, aprovechó la derrota de Deportivo Morón y quedó como puntero solitario de la Zona A de la Primera Nacional.
En medio de la Copa del Mundo, de los goles de Lionel Messi, las atajadas de Vozinha, las frases del Profe Alfaro, la eliminación de Brasil, existe otro Mundial, el que más nos importa a nosotros. Nuestra Copa del Mundo. En el que el Ferro de Sara está primero. Donde diez años después volvió a tomar en soledad la punta de la Primera Nacional, con muchísimas cosas a resaltar y otras a corregir, pero que ante la victoria de Defensores de Belgrano frente al Deportivo Morón de un día antes, empezó a caer toda la presión hacia el Verdolaga para calzarse definitivamente el traje de candidato. ¿Querés ser primero? Perfecto, tenés que ganar de local. Dependía de sí mismo para quedar como líder en solitario. Y necesitó solamente 45 minutos para despejar todas esas dudas. ¿Presión? Nada de eso. Jugó con la autoridad y superioridad de un puntero. ¿Temor? Menos. Absorbió la responsabilidad. Naturalizó y justificó donde está y por qué. Porque supera su nivel partido a partido. Entonces ahí fue cuando nos dimos cuenta que nos fuimos mundiales.
Oeste tomó la oportunidad y no la desaprovechó, pero lo que más reconforta es el cómo, en esos 45 minutos brillantes donde pudo verse todo el repertorio de lo que el entrenador pretende. Desde el dominio de la pelota es conjunto que combina la intensidad para presionar y recuperar, la dinámica para agilizar la circulación de la pelota desde los desmarcajes y la verticalidad, más la precisión en velocidad para llevarlo a cabo. Parecía más rápido, más veloz, pero más que por una mera cuestión física se debía a que estaba constantemente un segundo antes de la jugada. El famoso trabajo de la semana plasmado en el partido. No dejó respirar a San Telmo. Movimientos mecanizados. Un libreto que cada uno interpretó a la perfección. Sabían dónde estar antes de que saliese el siguiente pase, cada uno cumpliendo su rol.
Desde las construcciones y salidas en defensa, para avanzar línea a línea y encontrar a ese famoso ‘tercer hombre’, que desde sus movimientos era el que marca la superioridad numérica, siendo generalmente Kihm u Ozuna cuando interiorizaban y buscaban apoyo en Dening, de espalda al arco mientras arrastraba la persecución de su marca, para que en la devolución el receptor pudiese quedar con cancha de frente, con vía libre para que Ángel González o Parisi, por la punta que se buscase, fuera al vacío para lastimar con ese pase atrás. Por el contexto del rival, se buscó más a espaldas de Gamarra, que al pegarse más a Brítez, le daba esos metros de distancia a González que lo vuelve inalcanzable. Así se repitieron las primeras situaciones de gol, donde volvió a caer en la fallas de finalización. Porque antes del gol del Toro, tras el centro de González, había tenido una jugada calcada. E incluso pudo aumentar con la misma fórmula, si hasta en el segundo gol se volvieron a reiterar los autores, pero lo que cambio fue la presencia de Hoyos para empujar la pelota en el área chica, tras la consecución de rebotes. Porque también en esta mecánica es fundamental el acompañamiento de los volantes para pisar el área.
Cuando todo ese andamiaje colectivo termina funcionando es cuando resalta más lo colectivo que lo individual. Que no hay una figura clara, porque la suma de todos los componentes es más que el yo. Uno puede quedarse con el desequilibrio de Ángel González y cómo lastima cada vez que llega hasta el fondo, con las apariciones goleadoras de Parisi, el sacrificio de Dening, el manejo de los tiempos de Hoyos, o el posicionamiento y toma de decisiones de Obradovich, quien volvió a dominar la mitad de la cancha con su capacidad de ubicación. A partir de ahí cada distribución con los laterales lanzados al ataque como apoyo externo, generaba que los volantes internos pudiesen pisar al área con arco de frente. Porque cuando todo fluye, por más frase hecha que pueda parecer, la figura termina siendo el equipo. Y que no necesite incidir en la dependencia de un salvataje individual, como en algún tramo del campeonato pareció caer en la dependencia de Hoyos, marca la evolución de un equipo que juega como tal.
Ahora bien, como tuvo todas esas virtudes, también contó con defectos, más allá de los mencionados problemas en la definición. Porque para explicar cómo se pasó de un primer tiempo de superioridad absoluta, donde el equipo de Marcelo Vázquez ni siquiera llegó a patear al arco, hay que profundizarlo aún más que en el somos Ferro. Que por algún motivo extrasensorial siempre terminemos sufriendo, con angustia y mirando el reloj como marca nuestra historia y, tal vez, nuestro destino. La deficiencia de la etapa complementaria, más allá del adelantamiento de líneas lógico del rival, aunque suene paradójico, viene acomplejado precisamente de todos los buenos atributos que había demostrado en la primera mitad. Sí, se complicó solo. No fue que sobró el partido. Tuvo exceso de confianza. Porque esas salidas limpias constantes, con la modificación de la postura de Telmo para bloquear primera línea de pase, trajo la responsabilidad de tomar ciertos riesgos que eran innecesarios asumir. Porque ya desde la salida, San Telmo le puso dos encima a Obradovich para que no quedara más con cancha de frente. Monetti intentó jugar con él, la devolución del volante central fue arriesgada hacia el arquero, que también tuvo posibilidad de despeje pero que igual limpió para Peña Biafore que es quien termina llevándose los reflectores del error, para el descuento de Batallini. Virtudes colectivas del primer tiempo y errores colectivos en el complemento. La idea romántica de progreso fase a fase debe ser reconsiderada si el rival exige en presión. Se venía anunciando esta situación que no se supo leer para evitarla.
Sara movió el banco con Castellani para tener más la pelota y cada vez entra mejor, y con Mateo Benegas. ¿El mensaje? Más tenencia con el Boni suelto, siempre cercano a la órbita de la pelota para volver a defenderse desde la posesión y un punta bien definido, para que en caso de que haya que saltear a los volantes, con su oficio pueda ganar de arriba. La expulsión de Batallini aplacó más los ánimos y trajo mayor tranquilidad. Para el cierre, el DT completó con Nico Gómez para combatir más el medio y con Pepe, que estuvo muy cerca de su bautismo de gol profesional. Lo cierto, es que en los últimos 20 minutos no pasó zozobras, aunque nuestros fantasmas mentales siempre suelen sobrevolar, este equipo está para espantar cualquier tipo de temor con fútbol. Y termina quedando la sensación de que pudo haber sido el partido perfecto, pero hay que agradecer que no lo fue, porque eso significa que todavía no llegó a su techo. Que todavía puede dar más. Mereció ganar por más pero se complicó solo. Aún en busca de su excelencia, en su inconsciencia mira a todos desde arriba, con esta extraña sensación de algo desconocido, pero asumiendo la presión de un equipo que jugó y juega como para ser primero.
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