Sufrir hasta el final
Ferro perdió 3 a 0 frente a Chaco For Ever en Caballito y extendió la definición de la zona. Deberá ganarle a Acassuso o esperar que Godoy Cruz no gane alguno de los dos partidos. Ángel Gonzalez fue expulsado.
Todos fuimos a una fiesta, a un sueño maravilloso que terminó siendo la peor de nuestras pesadillas. Oeste gastó ese último margen de error que le quedaba, que le dio un torneo de excelencia para llegar con chances a la fecha de cierre dependiendo de sí mismo. Y tal vez, a esta altura sea lo que más preocupe. Porque en el momento que más debía demostrar, cuando más lo necesitaba, dio su peor versión. Un partido que empezó perdiendo, más de como se dice desde el vestuario, sino desde antes de llegar a la cancha. Porque el equipo de Sara recién tocó la pelota en el saque post 0-1. Dominado por los nervios, absorbido por el ambiente de campeón, ya a los 14 segundos estaba en desventaja sin haber tocado la pelota y eso rompe cualquier planteo que uno se imagine durante la semana.
Y no, no hay que encontrar respuestas de que el equipo jugó así por la falta de Enzo Hoyos. Un jugador solo, no cambiaba a semejante ecuación. Porque una ausencia de esa índole debería responder a una anemia creativa y, al igual que en todo el año, el Verdolaga generó chances de gol pero no las convirtió. Entonces, es dificil creer que ese problema sea resuelto a una fecha de terminar el campeonato. Porque ni siquiera es algo puntual. A todos los jugadores que llegan a posición de gol les cuesta convertir lo mucho que se produce. Atacante, volante o defensor. No hay contundencia. Como en todo el torneo, Nicolás Caprio fue figura pero cuando todas las fechas haces figura al arquero rival, la virtud no es ajena, sino que el contratiempo está en casa. ¿Hay manera de solucionarlo? Insisto, a nada del final del certamen parece complejo resolver un impedimento que lo tuvo a maltraer durante todo el año. ¿Alcanza con practicar definición toda la semana? A esta altura, al igual que en la derrota ante Chaco For Ever, el obstáculo parece ser más mental que futbolístico. Porque ante el equipo de Daniel Cravero, hay que explicar la caída más desde el costado emocional que táctico. Porque todo lo que se trabajó y pensó en la semana, se borró de un plumazo con el gol tempranero de Matías Romero, que en la primera jugada del partido entró solo y con todo el tiempo para decidir, pensar y definir.
Un tanto que respondería más al Ferro 2025 que peleó el descenso, a este que pelea el ascenso. Una desconcentración trascendental desde el saque inicial, ante la disociación de la jugada de todo el equipo que pareció haberse quedado en el recibimiento y llegar más tarde a todo. Tres veces falló en las divididas en ese saque inicial y se paga caro. Desde ese tanto, se marcó el ritmo del partido, porque la visita se ordenó en un 5-3-2 y rápidamente Oeste se vio obligado a desbloquear espacios. Sin Hoyos, lógicamente iba a perder dinámica, aunque el gordo tampoco estuviera en su mejor nivel, pero Ferro perdió debido a las descompensaciones que sufría ante cada pérdida. Esa falta de equilibrio fue una de las claves de la derrota. En cada pérdida terminaba corriendo atrás de la pelota. Así se dio la expulsión de González, en la jugada que derivó el 0-2 y marcó el final del partido, con un tiempo por jugar. Tal vez, esa disolución de las transiciones de ataque-defensa fue lo más preocupante. Que ese desorden aparezca en el momento más inoportuno para dar su peor imagen, por contexto, rival y momento, incluso si sumamos los encuentros que dirigió el Huevo Rondina. Porque como si no hubiera entrado a la cancha lo suficientemente presionado, el 0-1 aceleró absolutamente todo. Por eso, más que en lo táctico, el entrenador tendrá que trabajar en lo intangible que es el dominio de las emociones para sacar adelante este tipo de compromisos. Y ese desequilibrio, en parte, se dio porque ese 0-1 a los 14 segundos alteró el sistema: los de Sara quedaron 2-3-5, porque tanto Ozuna como Khim oficiaban de extremos, lo que hacía que Parisi como González se cerraran. Y más que una solución, terminó siendo un problema. Con tenencia inocua, acumuló futbolistas en zona ofensiva, que lejos de fabricar huecos, se terminaban superponiendo y haciendo fácil la tarea de la última línea de la visita. No juntó pases, juntó componentes encimados sin capacidad de asociarse ante la falta de espacio y compresión de línea del rival. Fijar a los laterales, casi de extremos, lo hizo predecible y le quitó el factor sorpresa.
Castellani fue el que tomó las riendas del juego, en una versión más parecida al último Hoyos. ¿Fue lo más claro? Sí, pero le faltaba compañía, le faltaba alguien que sea opción de descarga, alguien que sea distintivo picando al vacía. Por momentos lo intentó con Khim y Kabalin, pero con tan poco espacio, la conexión se hacía complicada. Así fue como el Boni empezó a jugar lejos de ese barullo del tercio final y más cerca de la posesión para mostrarse como constante opción, buscando una presión de un For Ever desinteresado en salir, para cambiar de frente a banda opuesta y lanzar para buscar el uno contra uno de los extremos. Una idea que en gran parte de la primera mitad, salió. Mayormente con la búsqueda que se dio por la derecha con el tándem de Ángel González y Khim, pero que cuando lograba profundizar, ni Parisi ni Kabalin por banda opuesta lograban definir. Reniero se abocó al trabajo sucio para fijar y sacar céntrales de su zona. No intervino tácitamente en el juego, pero buscó generar el espacio para que llegaran los volantes o extremos. Y no, Gonza no es Hoyos, pero en la tarde nefasta hasta Obradovich tampoco fue el Obradovich de siempre, Tevez no se asemejó al zaguero de esos once partidos sin perder y el Toro tampoco fue el Toro. Porque nunca tuvo esa capacidad de explotar. Si falla lo individual, también falla lo colectivo ¿Falta de lugar? ¿Presión? ¿Tensión? Hay un poco de todo para graficar la actuación. Pero que el 5 haya tenido un partido tan errático con la tenencia, jugara acelerado y estuviera a destiempo en los anticipos, también encuentra una respuesta del 0-3, en uno de sus principales exponentes, a la merma del bajísimo rendimiento general. Todos estuvieron por debajo de lo que brindaron en el año.
Ya con el 0-2 a cuestas y uno menos, parecía una epopeya. En el 0-1 se esperaba ese golpe de efecto, de equipo candidato que aunque haya tenido posibilidades para igualarlo no lo hizo determinante. Pero con diez y la desventaja de dos goles, Sara incurrió en Marra de extremo por derecha y Dening adentro del área. Así sacrificó al jugador que más decisiones tomaba. Optó por una verticalidad que nunca terminó siendo tal. Propuso duelos individuales en ese 5 contra 5 en ataque, pero eso obligaba a imponerse en duelos individuales, que tampoco terminó pasando. Con el ingreso de Gómez por Kabalin, se intentó liberar a Obradovich para que jugara más cerca de la medialuna local. Que oficiara del organizador que Oesta había perdido ante la salida del Boni. El DT pensó, buscó y trató de romper un cerrojo infranqueable. Brian Nievas dominó la mitad de cancha. Era el que se metía entre los zagueros para que la visita se rearmara con cinco en el fondo, o el que daba el paso adelante hacia el medio, para que For Ever jamás se sintiera desbalanceado y mantuviera esa superioridad numérica en las distintas zonas que le empezaron a dar la tranquilidad de que Ferro jugara cada vez más lejos de su arquero. Porque a diferencia de la primera mitad, ya no fluía. Ya no llegaba. Y el golpe final fueron las inclusiones de García y Esidin que dejaron a Oeste, en su desesperación por el milagro, mucho más expuesto en su módulo defensivo para que tras dos pérdidas en la misma jugada, Romero, de palomita, pusiera el golpe de nocaut. Los 15 minutos restantes, estuvieron demás y fueron la agonía de un conjunto dominado por la impotencia y la falta de claridad.
For Ever no ganó por una incentivación desde Mendoza que pudo existir. Ganó porque salió metido desde el saque inicial.
Porque dominó emociones y supo soportar sus peores momentos. Porque aunque no se estuviera jugando nada, obligoó a Oeste a jugarlo como una final, que nunca entendió y que terminó siendo una sombra de lo que puede dar. El golpe es profundo por el desarrollo y por la imagen que deja en este tramo, cuando tenía la final al alcance de la mano, con esa sensación de autoboicot. No salió nada en ningún momento. Es difícil de analizar por cómo se dio el trámite del partido. Jamás logró imponer sus condiciones porque vivió corriendo desde atrás. En cuanto al resultado y en cuanto a la pelota. Jugó confundido. Falto de claridad. Y todos los intentos de soluciones, terminaron siendo para peor. En un déficit cömo local que hace varias temporadas donde le cuesta hacerse fuerte y claramente es, como en la definición, lo clave a retomar. Obvio que hay que confiar en este grupo que nos dio alegrías. Era el crédito que tenía para dar. Pero incluso aunque logre la clasificación por un resultado ajeno, este impacto cala hondo para recuperar imperiosamente las bases. Para volver a tener la frescura de ese equipo que jugaba como para estar en Primera. Y lo sabemos, en Ferro nunca fue nada fácil. Siempre todo cuesta. Todo es dificil. Lastimosamente sabemos que nacimos sufridos y así tendremos que hacerlo hasta el último segundo de esta aventura, que todavía no terminó y, como en varios momentos, todavía nos hace creer.
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